Os expongo los hechos tal como los explica el diario La Manyana:
Un profesor del CEIP de Artesa de Segre había abandonado el centro escolar y en un descampado cercano a la escuela observó a cinco menores, que eran alumnos de su centro. Los niños jugaban a tirarse piedras de grandes dimensiones por un lugar donde paseaban otras personas. El profesor , al ver que el juego parecía peligroso, recriminó a los menores que tiraran piedras ya que podían hacerse daño, lesionar a otros peatones y destrozar algún vehículo. Según la sentencia, cuatro de los menores huyeron del lugar, mientras que un quinto, de nueve años, continuó con la piedra en la mano.
Según la sentencia, el profesor “cogió del antebrazo al menor para que tirara la piedra al suelo” antes de que el denunciado contara hasta tres. Tras realizar la correspondiente cuenta atrás, “el menor no hizo caso y el maestro le dio un manotazo en la mano al menor”. La intención del denunciado “no era lesionar al niño, ni agredirlo sino evitar que el menor se hiciera daño” o hiriera a alguien.
Huelga decir que cualquier padre sensato hubiese apoyado y reforzado luego en casa el correctivo del maestro. No sin pasar vergüenza porque su hijo hubiese mostrado tan poco respeto (desobedeciéndole) a un mayor. Pero, claro, para eso hay que ser alguien educado, que no es el caso. Los padres de esta criatura no son más que unos energúmenos que sobre maleducar a su hijo intentan luego sacar un rédito económico de ello, para lo cual no dudan en mentir, injuriar y calumniar a quien no intenta otra cosa que corregir la peligrosa conducta del menor. Y está claro que de no mediar una reparación económica por tamaños daños físicos y morales, los padres no hubiesen presentado denuncia alguna. En fin, gentuza la ha habido siempre, pero sistemas judiciales que amparen tales disparates son relativamente nuevos. Creo que es un escándalo que haya en los juzgados tipos como ese fiscal (interino, por cierto) que asume con vocación de cruzado la acusación del maestro, primero, y el recurso a la sentencia, después. Semejante insensato no puede ocupar puesto de tanta responsabilidad civil, que no puede usarse para menoscabar, ningunear y basurear la dignidad de las personas. ¿En virtud de qué principio socorre a ese incívico y maleducado menor? Lo que viene a decirle es: niño, haz lo que te venga en gana, escupe, apedrea, sisa menudencias, raya coches... barra libre, lo que te apetezca, y no te preocupes que si a alguien se le ocurre llamarte la atención, aquí estoy yo, superfiscalito, para empurármelo y de paso darles a tus papis unas pelillas con que comprarte pedruscos de mejor calidad. ¿Por cierto, dónde estaban los padres del niño cuando éste ponía en riesgo su integridad física y la de sus compañeros? ¿O es que han delegado en el susodicho fiscal la labor de educar a su hijo? Dios nos coja confesados. ¿Cómo no va a estar colapsado luego el sistema judicial de este país, si hay botarates que admiten estas espurias denuncias?
Veo a los compañeros inmersos en la vorágine burocrática del acceso a cátedras y no puedo dejar de pensar cómo se nos está contagiando la insensatez de estos politicastros que regentan el chiringuito de la Administración. O cómo terminamos siguiéndoles la estulta ocurrencia sin patalear demasiado. Los baremos para acceder a la condición de catedrático son simplemente disparatados, pues poco tienen que ver con la formación concreta en las especialidades a las que uno concurre. Prima la gestión, el estar liberado en sindicatos o Administración... En fin, prioridad a aquéllos que hace años que están alejados de la docencia, pero que son quienes negocian el chanchullete. He visto por aquí circular a inspectores que venían a "evaluar" a otros inspectores; inspectores maestros en no se sabe qué especialidad de letras valorar a especialistas en matemáticas. Todo un monumento a la incompetencia y el mamoneo. Tanto hablar de los desastres en los resultados de informes PISA y estamos dirigidos por una cuadrilla de ágrafos lenguaraces (eso sí, ensoberbecidos hasta la médula), que serían incapaces de aprobar prueba alguna donde hubiese que demostrar un mínimo de sensatez e inteligencia.
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